sábado, 9 de julio de 2011

Hilo de una memoria

Caer es como un deporte.

Con los ojos cansados fuiste a parar a su mirada. Estaba sola y no había nadie más alrededor, sentiste como la presencia se hacía más y más grande harta que ambos ojos se atrajeron para disipar aquella conexión rápidamente. Tú tenías ojeras y ella tenía el pelo desarreglado, tú te veías desordenado y ella como una pequeña princesa; como algún aventurero en desdicha, como alguna heredera a algún trono que ha escapado de su gran palacio.
Pero no era ni lo uno ni lo otro.
Estabas cansado, así que fuiste a parar al banco que estaba más cercano a ella. Querías escuchar su voz y se te ocurrió pedirle la hora. Ella te la dio inmediatamente, con una sonrisa y notaste como el desorden del pelo se hacía con casi toda su cara, era como si hubiera llorado; las ojeras no eran distintas.
Te reíste.
Se rieron.
La reunión transcurrió mientras el mundo se estaba acabando un poco más. Claro, se perdía algo de energía todos los días, como si todos estuviéramos cada vez más lejos. Por eso nos costó un montón, por eso costaba tanto mirarte... por eso costaba tanto encontrarme. Estuvimos ahí una eternidad, como si todo aquello nunca fuera a terminar, pero lo tendría que hacer, y más temprano que tarde, puesto que después de todo ambos eran personas normales, que sentían hambre y caminaban aun cuando en aquel instante ambos solo querían estar ahí.
Que el día es lindo, que el cielo está un poco despejado y que el sol está tranquilo. Como si fuera de manera telepática, hablaron de todos esos temas. Claro, se miraban y se reían, como si se entendieran. Hace muchísimo tiempo ambos no se reían. Una nube dio una helada sombra a lo que parecía un insólito y cálido día de invierno... pero incluso esa nube pasó.
Ambos estaban como estatuas en el mismo lugar, con la gran diferencia de que ahora podían sonreír un poco.
Todos se alejan y el otoño mismo ya estaba marchito. Los días eran helados, y hoy, en el funeral de las cosas que han de pasar nos hemos mirado, ha sido entretenido y la verdad es que hace tiempo no sonreía con tal sinceridad.
Como si se hubieran conocido desde infancia, ella atinó a preguntar:
- ¿Cómo estás?
A lo que él respondió con una extraña y serena convicción:
- Mucho mejor, ¿y tú?
Ambos cruzaron una delicada sonrisa.
- Parecido a ti. Igual no porque todos somos distintos, ¿verdad?
- Cierto.
- Mañana... mañana aquí mismo.
- ¡Lloverá!
- Siempre llueve. Siempre.
- Heh... mañana. Mañana.
La melodía que cruzó por la estación de trenes de aquel lugar, la verdad es que nunca volvió a ser la misma para los dos. Claro, el encuentro fue sumamente extraño, casi increíble y sacado de telenovela, pero a veces, pensaron ambos, que las miradas hablan mucho más. Y que las sonrisas te unen tanto...
Caer de nuevo, y ambos soportaron las lluvias e inclemencias con una sonrisa en sus rostros. Si caer era como un deporte, entonces ellos aprenderían.
Entonces ellos sonreirían.

1 comentario:

Noxi0us dijo...

Me encanta. Te felicito.

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