miércoles, 29 de mayo de 2013

Cuento

Era un día tremendamente frío. La lluvia empezaba a caer y yo estaba ahí, fuera.
Empapado, caminé por lugares desconocidos. Veía gente caminar con paraguas, y me daba la sensación de que el paraguas no causaba nada, porque estaban de todas formas con la mirada gacha.
Y yo miraba de frente, con mi corto pelo caído por la lluvia.
Por suerte estaba sin lentes.
Lo único que él quería era escapar. Sus pensamientos fluían en un mar de calma, mientras su corazón se sentía turbulento y malgastado, a punto de explotar.
Es que claro, el sentimiento de incertidumbre, el haber sido desplazado tantas veces ha caído sobre la cuenta.
Demasiados impuestos emocionales.
Demasiados.
Y el frío se hizo en su alma, en su espíritu.
Corrí y quedé empapado, pero no me importó mucho a decirte la verdad. El hecho es que me lo merezco: ser humano es de por si algo asqueroso y nauseabundo.
Y yo había hecho ya demasiadas cosas malas.
Existir, hacer, vivir.
Caer.
Mirar otro corazón a parte del mío.
Así que una víctima no era, porque era algo natural. No creo en las consecuencias, ni en las razones, ni en los mecanismos sobreespirituales que le suelen dar a las cosas, pero aquello natural quizás tenía una retribución del mismo parámetro.
Es decir:
nada.
Y aquella persona rompió, estaba lejos, en la falda de un pequeño cerro, y golpeó un árbol con todas sus fuerzas, una y otra vez, hasta que se hizo de noche.
El frío lo entumió.
Y llegué a casa. Por supuesto, no existen los héroes, ni las féminas de esa clase, porque así es el mundo.
El mundo existe solo para los que creen.
Leftovers, I snapped hard. I'm sorry, though I am not.
Y se hizo tarde.
Y más tarde.
Y más tarde.
Y estornudé, sin embargo me importó un carajo.
Esta noche, quizás, soñaré de nuevo con una mente que me engaña.

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