Cuando yo hablo de lujuria, o escribo de lujuria, inmediatamente es sangre lo que se me viene a la mente.
Sangre.
Porque la sangre es violencia, pero la sangre también adquiere un valor distinto según la situación y contexto; la sangre es roja, asimismo, la sangre es pasional.
Exageradamente pasional: una violencia pasional, un deseo pasional.
UNA VIDA LLENA DE SANGRE.
LLENA DE CATÁSTROFES DE LA SANGRE.
Y ese grito no me lo trago, por ningún motivo. La sangre es catástrofe.
Un mundo en que todos nosotros tenemos sangre, aun los santos, aun quienes no sienten la sangre y son seres fríos.
Por ende, es fácil decir que el Sol ha salido por el Deseo. Así, es fácil decir que el Sol ha salido por la locura. Por la enfermedad llamada insanidad, que nos domina, que domina nuestros ojos, ojos que se mueven, ojos irritados y llenos de sangre.
Porque al final vemos al mundo de rojo, aunque sea metafóricamente; un pesimista, un optimista, un realista o un desinteresados, todos verán al mundo a través del rojo. A menos que tiñas tu sangre o seas la hermana de Rantés. La virgen del líquido azul. Porque incluso Rantés miraba en rojo.
Y yo me he resignado al rojo, porque el resto simplemente no existe.
No porque no sea posible, no porque (inserta tu razón más inteligente acá), sino porque CREO que no existe.
(Y eso que hay poquísimas cosas de las que creo, y quizá esta sea la única)
Y te seré sincero.
La corona de tu sangre, la tomaría, y te la bendecería con rabia. Y luego te obligaría a mirarme, a mirarte.
Con tus ojos, con mis ojos.
Todo en rojo, todo en sangre.
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