El llanto de las praderas, de la que el sol sigue iluminando. Es de noche, es de día, el fuego quema y las verdes hojas se hacen marchitar. Segundos. Y más de estas cosas suceden. El llanto de una primavera que no llegó, la ira de un sol que nos ilumina en esta noche, noche triste, noche demoníaca, melodía de sonidos tristes.
El lloro de mi árbol, el lamento de mis ancestros. El juramento de seguir adelante y hacer que todo esto haya de florecer de nuevo, viviendo, siempre más fuerte. La rabia de un juramento y el deseo de venganza absoluto, la noche se marchitó de una luna roja, ojos que parecían cubiertos de sangre. Una pupila casi invisible. La hora pasaba y cada vez era todo peor. Amarillo, rojo y negro. Café, blanco. Marchitas, quemas.
Un juramento de venganza, una promesa a los ancestros.
Las canciones antiguas te hablaban de la hermosa vista de entonces, aves que habitaban la tierra y reinaban el cielo, cielo por donde fluía el mar, mar donde las almas tristes iban a parar para purificarse, almas que luego aprendían a soñar, ojos que alimentaban al más hambriento, un círculo que fluía en paz. Pero un sol inventado de noche oscureció nuestras esperanzas.
El rezo fue entonces de una sola persona. Marchito, solo.
Pero aprendió de todo lo que le habían enseñado, del sueño del sol donde la Creación al final inclusive les alimentó de un sol, para que incluso en la noche les guiara el camino, el goce de las praderas, la alegría de las aves y la felicidad del cielo, las montañas y de lo que había de ser todo lo que le rodeaba.
Porque aunque todo lo que reflejen los ojos sea de un rojo quemado, marchito y sin luz, dentro de tu corazón, dentro de ese deseo tan grande de venganza, guardabas esperanza...
Juramento de un alma triste, juramento de un sueño. Promesa a los dioses, para que la luna se llene de sol, para que nuestro verdadero sol incluso ilumine nuestros caminos de noche. Promesa de llanto, juramento de una persona lastimada.
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