Yo he visto como las aves vuelan.
También he fallado miserablemente.
Cántico de muerte, el ala nocturna se eleva suavemente. No pienso en mi, sino que miro, y mientras miro, me desespero en la mirada. Todo, todo abajo se ve destruir. Fuego, mares y aceras solitarias.
La gente ya no existía.
Los párrafos se hacían más cortos...
Ahora pienso en mi, pero nunca me observo. Me da miedo, sé que es detestable. La luna no entrega de su luz, luz prestada. Las nubes tapan el horizonte o eso imagino. El grito del silencio en un mar de fuego se hacía cada vez más estruendoso. Pena, pena. Quería volar lo suficientemente alto como para que la oscuridad no alcanzara con tal fuerza mis alas, pero era imposible. Dolía mucho tratar de subir más. Aún así lo intente, y me encontré con un enorme rugido amarillo. Naturalmente me tuve que quedar en este escondido cielo. Yo, miserable, yo, que no podía siquiera escapar.
El mundo me hablaba, pero no podía entender. El caos mental y la vertiente de cosas que ocurrían impedían cualquier trato de entendimiento con cualquiera otra cosa que intentara tener contacto conmigo. Luego de años pude entender:
Pequeño.
Muy pequeño...
Tú no puedes derrotar la desesperación,
pero sí puedes,
siempre,
pararte
y
tratar de no ahogarte.
El viento me arrastró a volar hasta abajo... observé como la tierra en caos hundía a una hormiga en agua.
Observé como tal vez pereció.
Pero... observé como corría hasta el cansancio.
Aunque no avanzara, aunque al final se quedara ahí mismo.
Los párrafos del mundo se hacían todavía más cortos.
La luna no apareció nunca más. Y entendí porqué la desesperación no puede ser derrotada.
Pero entendí mucho más el por qué no me debo ahogar.
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