martes, 18 de octubre de 2011

Suburbio mental

Si cuesta encontrar el norte, es algo absolutamente cierto.
El trayecto del vuelo y las miradas siempre se tornan rojas y azules cuando han de mirar algo. Detalles, individualidades y mundos enteros. En todo, la perdición, en la perdición miramos el norte, pero en el norte encontramos que es aquel el camino equivocado.
Que añoramos por aquello que se ve imposible.
Manto de una ceguera que es más que nada un "ganas de no ver" nos hace perder el rumbo. No es norte, no es sur, no es oeste, no es este. Es de lo que queremos. Es de lo que no queremos.
Y alcanzamos la adultez corriendo.
El momento en que dejas de jugar, el momento en que dejas de imaginar en el juego. Dejas de pensar y lidias con aquello que escogiste, desde aquello que escapaste. En el fondo nadie deja de jugar cuando una madre dice que es hora de dormir, en el fondo la mente siempre vive. Vive hasta que lo deja, vive hasta que entra esa semilla. Perder el norte.
Arrancas, corres. Dejas de gritar, estás asustados. El puto suburbio.
La mente que con un adagio se da cuenta de que no hay que darse cuenta. El status quo maldito con uno mismo. El tono y melodía que nunca perdonan. Y es en este momento en que las vidas se te van.
Te alejas, te das cuenta de que es el techo, de que el cielo es demasiado alto, de que no puedes volar. De que ya no quieres intentarlo. Aquello que te bloquea es ahora tu hogar, y es como si nunca pelearas de vuelta.
Bueno, así es.
Los votos de confianza ya no existen ni contigo mismo.
Fuerte, confianzudo y mentecato con un tono de persona que tuvo alguna vez la sangre herviente y luchadora, el tono prestissimo de una composición de guitarra eléctrica ya no es para tí: débil, quejumbroso y de mucha razón.
Te comió el suburbio.
Tu mente le ganó a tu corazón.

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