miércoles, 14 de diciembre de 2011

Insiste en llover

Literal o metafórico. Ambos hilos que se entretejen y se hacen ver. Mar, emociones y deseos.
Cuesta mirar al cielo cuando es demasiado lo que el sol ilumina, así, como el alma ha de sentir la no correspondencia y la eterna admiración. Lleno de errores del ser, te das por vencido. Aquello es divino y tú eres, mortal.
Pero es inevitable ir en búsqueda de aquello, ir en búsqueda de tu luz. Como creer que el sol es tuyo, como luna que eres. Y correr como un infeliz mortal ante el enceguecedor resplandor de aquello, que bien sabes, es divino. Y otra vez, el mismo punto, las mismas enseñanzas de las cuales no aprendes nada. Es casi obvio, es casi tu naturaleza: esa parte imborrable del yo, como si fuera un pecado original.
Creer en las antiguas leyendas románticas y tristes. Desgracias y calamidades. Amargarse en vida de que tal romanticismo está lleno de plegarias que muchas veces nunca fueron escuchadas, o que tal vez peor, aquel dios te las concedió a su soberano antojo. Es inevitable gritar al cielo.
Es inevitable el clamor contra ese dios.
Y observas de que tu vida se llena de metáforas. Pero el tú es tan literal que nadie lo capta; terminas siendo como una visión de oasis en un desierto ¡Cuánto quiero creer en ti!
Claro, terminas siendo una metáfora.
Eterno camino congelado de mares tormentosos o eterno camino de un desierto interminable. En ambas mueres.
Mueres.
Pereces.
Pero la vida sigue, y de aquello que tal vez fuiste, llegarás de nuevo. Años, días, meses, segundos, milenios. Quien sabe. Pero la verdad es que pocos verdaderamente aprenden.
Y siempre he sentido que nosotros no somos al menos esos aquellos.
Desgarra, crece, aprende. Vuelve a caer.
Y el sol está ahí arriba y te mira como si nada. En estos últimos tiempos, se ríe de ti iluminando pero con un frío atroz, o te ilumina y te carboniza. El sol te mira y tal vez uno llegase a pensar que se ríe de ti. Como si en un trono estuviese. Pero (tal vez) no es verdad. La verdad es que (nuevamente) tal vez ni siquiera te mire.
Pero la luna que existe en los cielos que nunca alcanzaremos a tocar te señala el camino. Complicada es, pero dentro de la hostilidad natural es la única que te da la mano. Y dentro de toda esta basura de lo que es camino a seguir, nunca nos damos cuenta de aquello hasta que vienen las oscuras nubes.
Y más miserables somos.
Se van las nubes, y olvidamos todo. Y cuando recuerdas, es porque estás lúcido. Y cuando estás lúcido, el mar es tu guillotina y el desierto es tu veneno.
Vagamente miras al cielo, mientras los nubarrones de los ojos cubren lo que ves. Dejas de mirar.

Te das cuenta de que aquí estás.
Y otro día, otro mundo ha acabado.

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