Seguramente, si se pudieran usar letras cursivas en el título, lo haría.
El sonido de la batería se hacía más fuerte conforme al tiempo pasaba. Las voces retumbaron con fuerza, la gente corría con desesperación y el fuego se hacía más fuerte e irritaba un poco mi piel, mis ojos.
Pero yo seguía ahí, parado, como un árbol.
El asesino de nuestros sueños imperaba en su deseo de dominación, nosotros eramos el gran obstáculo. Nosotros eramos lo que podía hacerlo caer, lo que podía hacerlo finalmente surgir con más fuerza; miedo, terror, angustia... olvido.
La flama se hizo lava.
Nunca creí, la verdad, que mi cuerpo aguantara tanto. Mis ojos dejaron de pestañear, y no se hicieron ciegos, pensé entonces que los milagros tal vez existían, y llegué a pensar que tal vez era el último milagro que ese algo nos entregaba. Me sentía derrotado, pero no corrí, no retrocedí. Sentí que mis convicciones eran mucho más poderosas. Sentí energía de seguir luchando, amor por todos los que estábamos todavía ahí, y al final, un poco de esperanza.
Réquiem, muerte, sueños que acaban.
El fuego se intensificó y el cemento encendió, pero sin embargo, sentí como mi corazón y mi vida ardían en llamas de fuerza, de esperanza, como si todavía pudiera luchar. Y así fue.
No me harían caer, a mi alma, jamás.
Porque el cuerpo puede ser frágil, pero mi espíritu es el más fuerte.
Y así, una vez más, corrí a la carga, como si fuera una guerra. Corrí para que se me considerase un enemigo, corrí para que se me considerase algo de temer.
Corrí por aquellos que habían de venir.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario