viernes, 13 de abril de 2012

V

Masoquismo personal.
Así se denominaba aquello que nos dominaba.
Aquello que me dominaba. Ese conocimiento que terminaba y empezaba en algo constante, que siempre nos seguía, que siempre me seguía.
Dime, ¿Acaso yo o tú eras el maldecido?
Y digo "yo" primero, para acrecentar mi arrogancia.
...
Pero en el fondo sé que digo "tú" después, para protegerte. Y ahí tengo la terrible duda de si colocar una coma extra.
Digo, cambia todo el sentido.
Hoy desperté mal. Fue un augurio horrible de lo que fuera un día terrible. Los mares no vi, el cielo apenas pude ver, y estaba despejado. Un claro mal presagio para mí fue despertar pensando lo que soñé, puesto que solía no hacerlo. Y el sueño era malo. De quemarse para ahogarse; de sombras y de hojas atrapadas a ramas que ahorcaban lo que alguna vez fuera mi cuello. O tal vez era el tuyo...
En fin.
En comienzo.
Cuando fue ya la noche, tropecé, sin darme cuenta de lo que veía afuera. Por un momento me sentí protagonista de una misma historia que no era sino más que mi imaginación, y deseé, por primera vez, mal. Deseé con odio, con desesperación y con rabia que desaparecieras.
Y ocurrió todo lo malo.
Aun en normalidad.
Me pregunto si los dioses me aman o me odian. O si tan simplemente están jugando pasadas ridículas, como a los griegos.
Minutos después, un fuego había partido en mi corazón.
Vive, o se consumido.
Y yo elegí ser consumido.
Era el demonio. Era demasiado hermoso como para ser un dios. O era demasiado hermosa, no lo sé. Era algo raro. Debía ser el demonio. Sentí, cuando se paró frente a mí, que me ofrecía algo. Yo elegí. Le di la mano. Era el peor error. Era el mejor error. Era un error. Luego sentí el terror.
Temí.
Y no por mí, sino que el fuego realmente partió.
Y me dijo:
- Tu odias a los dioses, ¿verdad?
- Siempre. Siempre he querido matarlos. Aunque sea solo uno. Aunque esté lleno de algo que le llama todo el mundo amor, todo es injusto, y debe ser tan horrible como tú.
Risas.
Muchas risas de una voz que ahora reconocí mujer.
- Entonces ve. Yo no sé qué harás ahora. Yo no sé, no me interesa, cuales sean tus intenciones.
Simplemente haz lo mejor.
Esas letras marcaron mi mente.
Todo se estaba quemando, cuando salí de casa, como si nada hubiera pasado, lo observé. Estaba en el infierno. Pero aún así, era más cálido que lo que normalmente era una vista de la calle o de las casas. Realmente, todo estaba iluminado.
Esto era algo que los dioses, o que dios, odiaba. Algo que no estaba en sus planes. Los hilos del destino impuesto estaban quemados, de aquello de lo que llaman libro de los condenados, ya no estaba con mi nombre. O incluso el cielo, tampoco tenía algo mío. En su propia categoría.
Me reí histéricamente.
Sentí como la mujer, o esa cosa hermosa que tenía voz de mujer (por que claro, humano no), me miraba con una cara seria.
- Tal vez no debí.
El sonido del fuego cada vez se hacía más fuerte.
- Porque en el fondo, eres bueno.
Muy bueno, susurró el viento.
- Tal vez soy bendecido- Tomé el fuego, un pedazo que se esparcía por un árbol. - No sientas más dolor - Y acabé con el fuego que había que acabar.
Pero cuando me di cuenta, había menos gente. Por alguna razón lo podía sentir.
Muchísima menos gente.
Realmente, el mal me había maldecido.

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