¿Quién soy?
Yo soy un ente. Me hago llamar David, pero me suelen decir “oye”. Mi nombre en sí es David Alejandro. Pero ese no soy yo. Como dije, soy un ente, soy una persona, algo (alguien) que sin duda va más allá del nombre. Soy una persona de poco cuerpo pero mucha fuerza, una persona de no muchas virtudes ni talentos pero de mucha fortaleza interna. Soy una persona que aparenta mucha menos edad de la que realmente tengo, y que actúa socialmente con una edad inferior a la que representa el carnet de identidad. Soy una persona no muy comprendida, pero que no tiene la necesidad interna de ser comprendida por todo el mundo. En consecuencia, soy una persona huraña. Pero no cualquier persona huraña, sino que una persona huraña que sabe sonreír estúpidamente. Soy una persona que se preocupa por todos, sin preocuparse de nada (pero que contradictoriamente se preocupa de todo). Soy una persona que se molesta mucho pero se enoja poco. Además, una persona que elige enfrentarse a sus miedos, y ojalá golpearlos con una pala, en vez de arrancar. Soy una persona que no teme de las mentiras o traiciones, pero que teme horriblemente de las inconsecuencias. Soy una persona que encanta de verterse en un puñado de letras, y a la vez, que se pierde inevitablemente en ficciones que me pueden terminar pareciendo verdad, en el fondo, adicto a los libros (considero que me define terriblemente). Soy todavía candidato a ser Rey de mi mismo. Soy una persona estrictamente pesimista, suelo tener la razón, pero cualquier equivocación la recibo con una alegría sincera.
¿De dónde vengo?
Vengo del vientre de mi madre, del amor (crianza) de mis padres y de la tierra (pueblo, tierra y gente) que me ha dado todas las raíces de mis pies. Todo cambia y todos cambian, así que uno siempre va, y uno siempre viene. En el fondo, uno nunca termina de terminar, y el pasado, así como el presente, siempre han sido continuos.
¿Quién voy a ser?
Voy a ser porque no quiero ser. Voy a ser porque tengo la convicción de que querer queda muy chico para un “seré”.
Voy a ser una persona como la que ahora quiero ser. Voy a ser una persona con más responsabilidades, las cuales tendré que cumplir, pero seré una persona más libre en el ejercicio del todo. Voy a ser una persona que se esforzará en ser humana y en no pararse sobre otros, pero sí que seguirá parándose en frente de otros. Voy a ser una persona más fuerte en todo sentido. Voy a ser una persona más leal. Voy a ser mucho más de lo que soy hoy como persona, porque el límite es uno mismo. Voy a ser una persona que no creerá en el destino, pero que confiará en la naturaleza y en el flujo de las cosas. Voy a ser una persona que aprenderá a conocer más a la gente, y voy a ser una persona que podrá escapar como se debe para poder respirar tranquilamente. Voy a ser alguien que cumplirá, sobretodo y ante todo, con sus sueños… con un mundo que tenga más de algo que tenía aquello de antaño y más de algo que está faltando con el tiempo; más de esa tranquilidad espiritual y sonrisas espontáneas, más de ese cambio constante y frenético sin quedarse en el cambio. Voy a ser una persona que cumplirá con sus sueños, y que si falla, será por debilidad, pero jamás por convicción. Voy a ser una persona suficientemente fuerte como para proteger mis convicciones, y por ende, a quienes guardo cariño. Voy a ser capaz de tomar los sueños de muchas personas sin estropear los propios. Voy a ser una persona capaz de ayudar y servir a los extraños. Voy a ser mi propio Rey. Voy a ser una persona satisfecha de lo que ha hecho, una persona llena. Y por último, pero con la satisfacción por delante, feliz.
Si hay algo por lo que se caracterizó internamente era por su ambición. Ambición que si bien es mal vista, nunca se sintió mal con ella.
Ambición que terminó en avaricia, o tal vez una avaricia que terminó en ambición. No importa, la significancia de lo que vendría después era... la misma.
Porque claro, aprendiste a ser persona, aprendiste a querer a tus amigos, a querer a las personas. Aprendiste a amar. Aprendiste a ver el color en el mundo. Aprendiste a ver el color en el alma de las personas. Aprendiste a ver oscuridad en las mentes de las personas.
Y te dio ternura.
Y te dio rabia.
Y entonces esa persona se caracterizó por ser aun más ambiciosa. Quería ser dueña del mundo.
Porque odiaba como eras.
Porque te amaba.
Porque quería que todos fueran, que todos se expresaran. Y quería, en el fondo, que todos se salieran de su caparazón. Que todos fueran auténticos, aunque esa autenticidad fuera la no autenticidad.
Porque quería que se rompiera ese cascarón.
Pero a la vez, quería que esa gente fuera en línea (esa aaaaamplia línea) con lo que el quería. Convencerlos. Aunque no importaba mucho si no funcionaba, primero era romper el cascarón y salir del huevo.
Y claro, en la ambición, odiaba cuando alguien muy querido se iba.
Y pasó un montón.
Por el hecho del cascarón.
Por el hecho de que alguna manera, no se sentía un rey apropiado para aquella persona.
Y te dejó ir.
Te dejaba ir.
Porque de la ambición, una ambición como tal, no podías ser considerado sino que como Rey.
Y entonces decidiste algo doloroso:
...
el camino solitario.
Porque caminar por un bosque lleno de cosas que no conoces, cuyo sendero no es sendero ni camino, cuyas hojas crujen tenebrosamente no estaban exento al fracaso ni a la derrota.
Entonces elegiste incluso ir el aliento que siempre te acompañó,
y hasta ahora, hasta el presente,
siempre has elegido ir hacia adelante.
Hasta llegar a la cima de esa montaña, hasta llegar donde las plumas del cielo tocan la tierra.
Ambición que terminó en avaricia, o tal vez una avaricia que terminó en ambición. No importa, la significancia de lo que vendría después era... la misma.
Porque claro, aprendiste a ser persona, aprendiste a querer a tus amigos, a querer a las personas. Aprendiste a amar. Aprendiste a ver el color en el mundo. Aprendiste a ver el color en el alma de las personas. Aprendiste a ver oscuridad en las mentes de las personas.
Y te dio ternura.
Y te dio rabia.
Y entonces esa persona se caracterizó por ser aun más ambiciosa. Quería ser dueña del mundo.
Porque odiaba como eras.
Porque te amaba.
Porque quería que todos fueran, que todos se expresaran. Y quería, en el fondo, que todos se salieran de su caparazón. Que todos fueran auténticos, aunque esa autenticidad fuera la no autenticidad.
Porque quería que se rompiera ese cascarón.
Pero a la vez, quería que esa gente fuera en línea (esa aaaaamplia línea) con lo que el quería. Convencerlos. Aunque no importaba mucho si no funcionaba, primero era romper el cascarón y salir del huevo.
Y claro, en la ambición, odiaba cuando alguien muy querido se iba.
Y pasó un montón.
Por el hecho del cascarón.
Por el hecho de que alguna manera, no se sentía un rey apropiado para aquella persona.
Y te dejó ir.
Te dejaba ir.
Porque de la ambición, una ambición como tal, no podías ser considerado sino que como Rey.
Y entonces decidiste algo doloroso:
...
el camino solitario.
Porque caminar por un bosque lleno de cosas que no conoces, cuyo sendero no es sendero ni camino, cuyas hojas crujen tenebrosamente no estaban exento al fracaso ni a la derrota.
Entonces elegiste incluso ir el aliento que siempre te acompañó,
y hasta ahora, hasta el presente,
siempre has elegido ir hacia adelante.
Hasta llegar a la cima de esa montaña, hasta llegar donde las plumas del cielo tocan la tierra.
Desencantos del otoño,
el verano nos engañó
y nos dejó un favonio:
el verano nos despojó.
Aquel cielo complicado que soñé,
luego descubrí que no podría ser.
Escarnio de la sangre propia,
deseos que quedan en inopia.
Vientos rudos quería conocer,
en los cielos vi esperanza crecer;
pero de un mal deseo nada nace,
en canto de guerras no hay...
no hay desenlaces.
Pero el deseo aun moribundo es justo,
y el recuerdo todavía es robusto.
En las almas de los desahuciados,
tras las tumbas de los aniquilados,
escucho el clamor y el llanto;
penas que no tienen descanso.
Y que aunque el verano engañe,
y que aunque el otoño nos rechace:
el grito será quien críe el viento;
y el sol nos dará todo el aliento.
Aliento que solloza,
Aliento que esmera.
Sol que alumbra,
Sol que nunca penumbra;
pues no existen lunas en nuestras prosas.
Prosas que cantan y que están atentas,
prosas malas, feas y horribles.
Prosas que siempre nunca desapercibidas,
y prosas que en sus verdades alimentan.
Prosas que se esconden en verso,
prosa que confunde al perverso.
Prosas inquietas y nunca apacibles,
y prosas que nos volverán a regalar
la vida.
el verano nos engañó
y nos dejó un favonio:
el verano nos despojó.
Aquel cielo complicado que soñé,
luego descubrí que no podría ser.
Escarnio de la sangre propia,
deseos que quedan en inopia.
Vientos rudos quería conocer,
en los cielos vi esperanza crecer;
pero de un mal deseo nada nace,
en canto de guerras no hay...
no hay desenlaces.
Pero el deseo aun moribundo es justo,
y el recuerdo todavía es robusto.
En las almas de los desahuciados,
tras las tumbas de los aniquilados,
escucho el clamor y el llanto;
penas que no tienen descanso.
Y que aunque el verano engañe,
y que aunque el otoño nos rechace:
el grito será quien críe el viento;
y el sol nos dará todo el aliento.
Aliento que solloza,
Aliento que esmera.
Sol que alumbra,
Sol que nunca penumbra;
pues no existen lunas en nuestras prosas.
Prosas que cantan y que están atentas,
prosas malas, feas y horribles.
Prosas que siempre nunca desapercibidas,
y prosas que en sus verdades alimentan.
Prosas que se esconden en verso,
prosa que confunde al perverso.
Prosas inquietas y nunca apacibles,
y prosas que nos volverán a regalar
la vida.
Cuando uno piensa, podría decirse que se autoinduce ciertas cosas.
Lo cual es relativamente cierto. Sobretodo si cuando piensas terminas triste. O con rabia.
Pero es, lejos del relativo, absolutamente inevitable. Digo, el hecho de pensar.
De alguna manera... cuando miras al sol...
...
(Lleno el aire de puntos suspensivos, y dejo el viento que pasa con un sentir de pesar)
Ha sido la vida un poco fría conmigo estos últimos tiempos. Da lo que quiere, no da lo que quiero. Explico, el fondo. Señalo, lo que el alma añora.
Y entonces te satisfaces con un poco de la mente.
Porque no queda otra manera. Digo, no queda otra posibilidad para decir: "estoy bien".
Y el círculo de cosas que ocurren avanza. Porque últimamente el espiral se ha ordenado demasiado. Sí, un círculo. Con cursivas.
Extraño usar cursivas. Era lindo. No te lo voy a negar.
Ándate a la chucha; perdí el hilo.
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